Raquel Quintana
Cuando encuentras a alguien que ama el teatro con la convicción y fiereza de Adán Black, tienes dos caminos : o salir corriendo o empezar a sentir lo mismo y dejarte llevar de su mano, con confianza, compromiso y humildad.
En ese camino empiezas a desaprender lo aprendido, a no tener miedo de dejar las teorías a un lado, a no preocuparte y ocuparte, con honestidad y sinceridad, a valorar lo que hago, a no querer mostrar, a ser humilde y creer, a jugar (mucho) y disfrutar (siempre) de este arte por encima de todas las cosas y saber el poder (inmenso) que hay en ello.
Aprendo a liberarme, a responder como sienta en cada momento, a aceptar mi vulnerabilidad, mis dudas, mis miedos, frustración o vergüenza, y saber que en todo ello también está mi fuerza y mi verdad, que en definitiva es lo que le da poder y valor a lo que hacemos, ser verdad.
Ser, estar, respirar profundo, mirar a mis compañeros a los ojos y decir el texto, tal y como es, sin más objetivo que ser uno mismo.
Adán me ha enseñado a trabajar en ello. A ser yo misma. A alzar mi voz. Y a ser escuchada.